Sin duda lo sucedido en tierras americanas en la última década del siglo XVIII y las primeras del XIX fue una revolución. Lo fue porque supuso un cambio en la estructura social que se enquistaba en los poderes monárquicos del viejo continente, y precisamente en lo más conservadores: los de la península ibérica, los mismos que habían defendido la contrarreforma y que habían identificado en el catolicismo y la devoción al papado el pilar de la nacionalidad española y portuguesa.
Como proceso poco excepcional en nuestra historia, dicha revolución pudo haber tenido diversos matices, pero ninguno de ellos pacífico. Como si heredara las monstruosidades de un proceso de colonización violento por antonomasia, las diferentes fases en las que se vio inmersa la lucha por la independencia están empapadas en sangre, a tal punto que bien debería ser el rojo el color que primase en la bandera, más no el amarillo.
Batallas, enfrentamientos, acciones clandestinas, levantamientos populares, boicot y propaganda subversiva estuvieron presentes permanentemente en sus gestas revolucionarias. Si los medios de comunicación de ese entonces hubiesen utilizado el lenguaje que hoy nos es familiar en la televisión y la radio de difusión masiva, bien se hubiese escuchado que un terrorista que responde al nombre de Antonio Nariño había sido capturado promoviendo propaganda subversiva en distintas regiones de la colonia, en las cuales se habla de unos tales derechos del hombre, elemento con el cual los subversivos de los que hace parte Nariño y al parecer alias el “sabio” intimidan a la población y promueven levantamientos ilegales contra el establecimiento. Seguramente también se hablaría de haber dado de baja a un tal Galán y una Salavarrieta entre otros varios millares, de una muchedumbre que con el nombre de comuneros había alterado el orden público, de unos cuantos antisociales que delinquían en varios territorios de nueva granada y eran enemigos de la paz y del buen gobierno, entre otros centenares de ejemplos.
Bien es sabido que los procesos de independencia poco tuvieron de su nombre, y mucho menos de libertad; y que el esfuerzo de cientos de miles fue capitalizado por un puñado de personas que justamente bajo la proclama de libertad y democracia instauraron un nuevo orden que quizás era incuso más horripilante que el anterior y que se distanciaba enormemente de las consignas del pueblo que dio su vida a razón de un cambio social -aun cuando este no fuese llamado como tal-.
Las ideas con las que se guiaron los próceres de la patria serían las mismas con las que se consolidaría la burguesía europea y norteamericana que como es bien sabido ha sido pionera en la acaparación de la riqueza del mundo, riqueza se funda en el trabajo ajeno. Lo curioso, sin embargo, es que más allá del desenvolvimiento histórico que hubiese sido hijo de estas acciones por la independencia, hoy el discurso oficial entra en una contradicción terrible cuando no hipócrita. Contradicción por que construye nación identificando su génesis en actos violentos, clandestinos, subversivos y revolucionarios que permitieron el acenso al poder a los sectores sociales que hoy se materializan en la oligarquía nacional que se legitima a si misma por toda serie de discursos e instituciones como son las propias elecciones. Pero mientras hace eso, ataca de manera purulenta todo acto beligerante y contestarlo sea este violento o no; identifica en la rebeldía un mal per se, y castiga como delito la rebelión.
Pero de hipocresía y contradicciones no podemos vivir todas y todos; que no se le olvide a quien lee estas palabras que las historia no se ha construido simplemente de buenas intenciones, sino de procesos que logran efectuar cambios en la realidad objetiva aún cuando estos sean condenados, ilegalizados y desprestigiados por lo poderes de turno. Que no se nos olvide que a lo que hoy se llama libertad, democracia e igualdad tiene cimientos en procesos inundados de violencia y que de ella se sigue alimentando.